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Lobotomía, errores de premio Nobel
Tomado de ciencia de bolsillo.com
Antonio Egas Moniz fue un psiquiatra y neurocirujano
portugués que ganó
el premio Nobel de medicina en 1949. Podría haberlo
obtenido por el desarrollo de la angiografía
cerebral, una valiosa técnica que aún se utiliza en
nuestros días. En cambio, lo recibió por su “descubrimiento del valor
terapéutico de la leucotomía en ciertas psicosis”. El problema es que la
leucotomía, una forma de lobotomía, no tiene ningún valor terapéutico. Mas bien
al contrario.
A principio del siglo XX, nuestro conocimiento
sobre funcionamiento cerebral era bastante rudimentario. Como consecuencia,
el tratamiento de las enfermedades mentales oscilaba entre el simple
encierro y diversos métodos que bordeaban la tortura como el electroshock.
Al no disponer de ninguno de los medicamentos actuales, se probaron todo
tipo de métodos más o menos experimentales. En este contexto, la cirugía
cerebral surgió como una posible solución a determinados casos intratables
de depresión, agresividad o esquizofrenia. La técnica original de Monz,
denominada leucotomía, implicaba una cuidadosa operación donde se
anestesiaba al paciente y luego se introducian grandes cantidades de alcohol
en la corteza prefrontal del cerebro. Que el alcohol es un tóxico es algo
que todo el mundo sabe, aunque a veces decidamos olvidarlo por unas horas.
El efecto producido, y buscado, era la destrucción de las neuronas cercanas
al punto de inyección. Desgraciadamente, en aquella época no sabían que esta
parte del cerebro regula nuestra personalidad, conducta y la planificación
de actividades. Así que era cierto que los pacientes se calmaban pero
también perdían totalmente o parcialmente el control sobre su propio
organismo. En muchos casos, la palabra “zombi” resultaba ser una descripción
tristemente adecuada. Debido a ello, el propio Monz recomendaba su
utilización solo en casos extremos.

Con el tiempo, se sustituyo al alcohol por un fino
hilo que cortaba la conexión entre esa parte del cerebro y el resto. Y
seguía siendo una técnica médica relativamente controlada. La triste
popularidad de este método llego con una técnica diferente llamada lobotomía
que fue creada por el médico estadounidense Walter
Freeman. Su método implica la introducción de un
instrumento muy similar a un picahielos a través de la cuenca del ojo. Al
moverlo dentro del cerebro se
destrozaba la zona cercana provocando un efecto más o menos similar al
anterior. Muy barata y rápida fue utilizada sobre decenas de miles de
personas con muy diversas enfermedades mentales. Incluso se recomendaba
prescindir de la anestesia y utilizar el electroshock para “adormecer” a los
pacientes. Entre 1940 y 1970 se realizaron unas 70.000
lobotomías en
todo el mundo, la mayor parte en Estados Unidos.
Las lobotomías fueron un terrible error, una
tragedia que destrozo la vida de miles de personas y de sus familiares. Una
prueba de que los conocimientos científicos no son irrefutables y cambian
con el tiempo. Y eso es algo previsible porque la ciencia esta hecha por
seres humanos y jamás ha pretendido ser infalible ni disponer de una
inspiración divina que asegure su acierto. Podemos utilizar esta historia
como advertencia para extremar el cuidado al aplicar algunos
descubrimientos. Pero sería un error caer en una parálisis que nos impida
afrontar los muchos problemas reales que ahora mismo tenemos. Como suele
decirse de la democracia, las conclusiones de la ciencia son imperfectas y
siempre debemos intentar mejorarlas. Pero cualquier alternativa es mucho,
mucho peor. La ciencia es lo único que tenemos para intentar comprender el
mundo y mejorarlo.
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